ÍNDICE
La Reconquista no sólo comenzó en Covadonga
El entusiasmo por la victoria en la batalla de Covadonga, y la
inmediata reconquista de la ciudad de Gijón, se extendió por todo el
orbe cristiano. Mucho antes de la batalla de Poitiers, el islam sufriría
otra horrible derrota en tierras de España.
El ánimo de las victorias de Asturias llegó a las cuevas del Galión.
Allí se habían refugiado un grupo variopinto de godos, navarros y
aragoneses. Enterados de la vulnerabilidad de los árabes, buscaron
recuperar territorio cristiano, porque es mejor morir en combate
contra infieles, que vivir en cuevas como animales. Esas fueron las
palabras de su líder, Garzía Ximénez. Y decidieron pasar a la
ofensiva, sin detenerse en las consecuencias.

La toma de Aínsa
Buscaron entonces un objetivo importante que atacar. Pensaron
primero en la ciudad de Jaca, pero los invasores la habían
reforzado bien. El caudillo cristiano reconoció una ciudad de relativa
importancia, pero muy aislada: la ciudad de AINSA. Sobre ella
fijaron su atención. Organizaron su exiguo ejército y marcharon
sobre ella. Al descender sobre el llano, un pastor, reciente apóstata
al islam, salió corriendo a avisar a la ciudad sobre el ejército
cristiano. La población ahora musulmana, cerró sus puertas y
colocaron hombres en sus murallas. El factor sorpresa que había
sido el punto principal del plan se había perdido. Sin embargo, no
por ello se desanimaron, y se lanzaron al asalto. Las murallas no
estaban enteras debido a los combates anteriores, así que
finalmente abrieron una brecha y entraron. La ciudad fue tomada.
La Iglesia principal que habían adaptado como mezquita los
conquistadores, de nuevo restaurada y consagrada. Como acción
de gracias a la Providencia Divina, se decidió que las cuevas donde
estuvieron refugiados tantos meses, se estableciese un cenobio,
que sería habitado por monjes. Así nació el maravilloso monasterio
de San Juan de la Peña.

El contraataque moro
No estuvieron ociosos los cristianos. Garzía Ximénez sabía de
sobras que el islam no permitiría otra Covadonga. Así que se
organizaron en fortalecer las murallas y construir torres de vigilancia
aún más altas. Al mismo tiempo, enviaron cartas y mensajes a
amigos y familiares que habían cruzado los Pirineos con la invasión
islámica. De muchos lugares empezaron a afluir gentes de los
bosques de Cantabria, de la Navarra francesa, de las Vascongadas
españolas y francesas. Como si fuese una pequeña prefigura de las
cruzadas, la ciudad de Ainsa se llenó de guerreros con sus familias.
Y esperaron al enemigo. Y los moros llegaron. Y no fueron pocos.
Un ejército enorme, cuatro veces el tamaño de la ciudad.
Encomendados a Dios, los cristianos se aprestaron a luchar hasta
el último hombre. Los árabes lanzaron un asalto tras otro, y todos
iban siendo rechazados. Mujeres y niños colaboraban en la
defensa. Sin embargo, ante un ejército tan descomunal, las bajas
que el enemigo sufría apenas mermaban su fuerza. Mientras los
cristianos veían disminuir su número drásticamente en cada
combate.
Finalmente, las defensas acabaron debilitándose lo suficiente para
que los moros, haciendo un ataque general, pudieran tomarla.
La vigilia
Toda la población se puso a rezar. Sabían que al amanecer llegaría
el asalto final, y una vez dentro, el enemigo pasaría a cuchillo a todo
sobreviviente. Garzía Ximénez a la cabeza con sus soldados,
mujeres y niños, de rodillas guiados por los sacerdotes que habían
llegado a la ciudad. En lo más profundo de la noche, alzaron sus
ojos y vieron sobre el cielo una cruz de un rojo intenso sobre un
árbol de roble sobre un campo de oro. Era la señal de la victoria.
Al día siguiente, llega el esperado ataque. Cuanto los combates
más intensos estaban, las crónicas cuentan que los cristianos
vieron a San Miguel luchar a su lado, quien aterrorizó a los árabes y
bereberes de una manera tan espantosa, que éstos decidieron
retirarse para nunca más volver.

Y la ciudad de Aínsa cambió su nombre por el de Sobre-Arbe, sobre
árbol, la ciudad, para siempre, de Sobrarbe.




